10 cosas que no resisto de mi marido

1. Ronca mucho. Parece que en cada respiro se va a morir ahogado. Me da miedo que los vecinos levanten una denuncia porque no los deja dormir. Sus ronquidos son tan fuertes que los extraterrestres tienen que usar tapones para sus pequeños oídos de marcianos.

2. Deja la tapa de la taza del baño arriba. Está bien, entiendo que para hacer pipí tiene que subirla, pero ¿por qué no la puede volver a bajar? ¿Se le cae la mano o qué? Es un simple movimiento del brazo que no le lleva más de dos segundos y es incapaz de hacerlo.

3. Cree que yo no soy capaz de asar carne. Acepto que no soy tan buena en la cocina. Sin embargo, yo soy la que cocina todos los días y él se come todo lo que preparo feliz de la vida. Pero no se me ocurra encender el asador para poner la carne porque interrumpirá cualquier actividad que esté realizando para ponerse su delantal, hacerme a un lado con la cadera y relevarme en la misión. Empiezo a pensar que asar carne es una variable que ellos utilizan para medir su potencia sexual.

4. Quiere tener sexo en la mañana. Mi marido siempre amanece caliente y lo primero que hace cuando se despierta es arrimarme a su cuerpo para intentar algo. Yo generalmente siempre tengo ganas, pero ¿en serio? ¿Ahorita? A muchas mujeres les gusta, pero a mí no tanto. En la mañana en lo único que puedo pensar es en un café bien cargado. Me siento somnolienta, distraída, lenta, amodorrada y con mal aliento. Todo menos sexy. Además no es como que él se preocupe por acariciarme o provocarme. No. Por las prisas matutinas, lo único que quiere es entrar y terminar rápidamente para empezar su día muy contento, como dice él.

5. Se levanta de la mesa antes de que yo termine de comer. Generalmente él come más rápido y tiene la espantosa costumbre de levantarse de la mesa inmediatamente después de tragar el último bocado. Se va “reposar” la comida o empieza a recoger la mesa. Estoy pensando instaurar una ley coercitiva que exija una sobremesa de mínimo 15 minutos. Ya saben, para echar el chisme.

6. No sabe contar bien los chismes. Cuando tiene información interesante que contarme de algo o de alguien, en vez de hacerlo de una manera interesante, larga, detallada y divertida, me la cuenta rápidamente y sin emoción. Omite la mayor parte de la historia y sólo me dice lo que, según él, es lo importante. Me da una síntesis o el argumento principal. Yo ya mejor me río.

7. Siempre afila los cuchillos antes de cortar algo. No sé cómo explicarle que no tiene que hacerlo cada vez, sino solamente cuando se les haya acabado el filo. Estoy convencida que el proceso de hacer chocar un cuchillo con el afilador le causa un placer extraño y por eso lo hace. Yo creo que se imagina como un caballero en la época medieval y le encanta la idea.

8. Cuando se quita los zapatos, los avienta. Esto sí no lo entiendo. Aventar un zapato implica más esfuerzo que dejarlo tranquilo en el piso. Mi marido los avienta y con mucha fuerza. Parece que entre más lejos lleguen es mejor.

9. Tiene una foto de él con su madre como fondo de pantalla en su computadora portátil. Sin comentarios.

10. Nunca me ofrece cerveza. Está obsesivamente casado con la idea de que las mujeres no tomamos cerveza. ¿Pues qué crees? A mí sí me gusta y más cuando hace mucho calor. Así que agradecería que si va al refrigerador por una bien fría me traiga una a mí también o por lo menos me pregunte.

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Probablemente la lista de las cosas que me encantan es más larga, pero hoy amanecí con ganas de divertirme con las malas (tal vez sigo molesta por ese mentado viaje en bicicleta). Bueno, queridas, las invito a que compartan las cosas que no resisten de su marido, las que odian y las que las sacan de quicio. Así todas nos reímos un rato y alguna que otra se identificará y se sentirá mucho mejor. Recuerden tomar con buen humor el asunto del matrimonio.

¡Buen día!

julio 18, 2012. Etiquetas: , . Esposo imperfecto. 2 comentarios.

El conflicto del bosque noruego

Como ya saben soy una recién casada. Todavía no cumplo un año en este estado bizarro. Ayer discutí ligeramente con mi nuevo esposo y quiero compartir con ustedes la situación.
Hace tres años, cuando éramos un par de novios acaramelados, fuimos a un viaje a Noruega con uno de sus mejores amigos. No fue un viaje tranquilo en alguna cabaña u hotel de lujo. Al contrario, fue una semana demasiado salvaje. Siete personas nos internamos en el bosque noruego, con una mochila al hombro, tiendas de campaña, víveres, mapas, utensilios para cocinar y navajas. No crean que yo soy de las chicas que se asustan con esta forma de vacacionar. Ustedes díganme aventura y soy la primera en apuntarme. Estaba brutalmente emocionada con la idea sobrevivir una semana en medio del bosque con mi amorcito. Me imaginaba la noche, el sonido de la naturaleza, el fuego y sus brazos.
Naturalmente, el viaje no fue lo que yo esperaba y sufrí un poco. El clima no nos favoreció. Estaba lloviendo y hacía mucho frío. De tanto caminar con humedad tenía las ingles rosadas. Éramos malísimos para prender fuego y para seguir mapas. La mitad del día estábamos perdidos y la otra mitad corriendo para llegar a un lugar donde descansar. En la noche estaba demasiado cansada para hacer el amor. Además la tienda de uno de los integrantes del grupo se rompió, entonces tenía que compartir guarida con nosotros. Por si fuera poco, en la noche no podía dormir porque todo estaba mojado, nuestro huésped roncaba mucho y yo tiritaba de frío. Para colmo, el buen amigo de mi esposo me sacaba de quicio y todo el tiempo estábamos discutiendo. En situaciones extremas, todos se olvidan de la diplomacia y pierden la compostura. Nuestro humor no era el mejor. En fin, ya se imaginarán que el viaje fue un desastre.
Claro que hubo momentos divertidos, ahora tenemos muchas cosas que contar, todos hicimos las paces y ahora nos reímos del asunto mientras cenamos y tomamos vino. Lo cierto es que nuestra semana en los bosques noruegos fue más bien una probadita de una incomodidad poco piadosa. Ayer por la noche, mientras cenábamos, mi marido me dijo: “Oye, por cierto, se me había olvidado comentarte que en dos semanas vamos a ir a un viaje en bicicleta con Ricardo (el famoso amigo) por Francia. Va a ser igual que la otra vez. Llevaremos comida, tiendas de campaña y dormiremos donde nos agarre la noche. Tenemos que arreglar las bicicletas.”.
A mí se me salieron los ojos. ¿Qué? ¿Por cierto? ¿Se te había olvidado comentarme? ¿Igual que la otra vez? ¿Con Ricardo? Obviamente me recorrió un espinazo de coraje y mi primera reacción fue ponerme como energúmena. Por supuesto que no me ilusionaba ni un poquito volver a ponerme en una situación incómoda, pero lo que más me molestó es que mi marido haya hecho planes, confirmado un viaje y aceptado un plan SIN consultarme primero. Es más, se le había olvidado avisarme. No sé en qué momento asumió que no tenía que preguntarme si yo estaba de acuerdo. Peor tantito, estaba seguro que yo iría sin ninguna queja, diría que sí a todo, por siempre estaría dispuesta a sacrificar mis deseos y mi comodidad por acompañarlo a lo que él tenga ganas de hacer.
Entonces, para mi sorpresa, me di cuenta de algo ligeramente preocupante. Sí, él hizo muy mal en no considerarme y asumir mi postura respecto al asunto, pero también es un poco mi culpa. En cierta manera, yo lo he malacostumbrado. ¿Por qué? Pues porque la mayoría de las veces digo que sí a todo, estoy de acuerdo con sus decisiones, cedo, lo dejo hacer y deshacer y trato de huir del conflicto. Que quede claro que no lo hago por tonta, débil y sumisa, simplemente porque le doy más importancia a otras cosas que a hacer mi santa voluntad en absolutamente todo. Por ejemplo, si yo quiero un tapete azul y él lo quiere verde, lo más probable es que compremos el verde. “Solamente es un maldito tapete”, es lo que pasa por mi mente. Si las cosas no son de vida o muerte para mí, no tengo ningún problema con ceder. Mi marido no está acostumbrado a que yo diga que no o lo contradiga.
Por un lado, esto es bueno porque casi no discutimos, pero por el otro es muy malo porque, sin querer, estoy criando a un tirano. He convertido involuntariamente a mi marido en un dictador autoritario (Ok, estoy exagerando porque todavía estoy un poco molesta de qué sí vamos a ir al viaje jaja). No, ya en serio. Creo que es muy bueno que me haya dado cuenta de esta situación. Ayer hablamos durante horas y le comenté todo esto que les cuento a ustedes. Mi marido, que no es ningún déspota arbitrario, también hizo consciencia. Me pidió disculpas por no considerarme y me prometió que nunca jamás va a volver a suceder. Vamos a ver.
Esta vez no me salí con la mía porque sí vamos a ir al mentado viaje. Sin embargo, salí ganando cosas mucho más valiosas. Primero, detecté una situación peligrosa a tiempo. Tomé cartas en el asunto y lo hablé racionalmente. Segundo, mi marido se dio cuenta también y tomó buena actitud al respecto. Me entendió y juntos lo vamos a resolver. Tercero, con esta concientización estoy segura que evitaremos muchas peleas absurdas en el futuro. Estoy convencida que la clave para superar cualquier conflicto es la buena comunicación. Así, los problemas potenciales nunca logran explotar. Sin embargo, la lección más importante para mí y mi crecimiento personal es que:
– No debo de quedarme callada
– No estoy obligada por ser mujer a ser complaciente y sumisa
– No le debo de tener miedo a decir que no
– Estar en desacuerdo no me hace mala esposa

julio 17, 2012. Etiquetas: , , , . Consejos prácticos. Deja un comentario.

Esposa Perfecta vs Esposa Imperfecta

15 diferencias entre la esposa perfecta y la esposa imperfecta:

1. La esposa perfecta: Siempre luce impecable: maquillada, uñas perfectas, tacones. Su marido no la conoce con cara lavada y recién levantada.
La esposa imperfecta: En la casa está en pijama, para el diario se pone unos jeans y una camiseta, se le olvida retocar sus uñas y no usa mucho maquillaje. Cuidado porque cuando se arregla luce fenomenal, lista para matar y derretir a cualquiera que se atreva a mirarla.

2. La esposa perfecta: Es la mejor cocinera, conoce muchas recetas y utiliza la cantidad exacta de ingredientes. La cena siempre esta lista a tiempo. Nunca quema nada ni le pone exceso de sal.
La esposa imperfecta: No sabe cocinar, pero lo intenta. No conoce las recetas, pero las inventa. Si tienes suerte de entrar a la cocina cuando está cocinando tendrás un momento de diversión garantizado. La opción de una rica pizza siempre está disponible.

3. La esposa perfecta: Siempre está dispuesta a tener sexo. Nunca dirá que no o será demasiado atrevida para iniciar algo. Es probable que lance un pequeño gemido para demostrar que algo rico está sintiendo.
La esposa imperfecta: Si está cansada o no tiene ganas de tener sexo dirá que no, pero cuando se le antoje brincará como una leona sobre su marido. En la cama es divertida, alocada, creativa y sin prejuicios. Le gusta disfrutar juntos.

4. La esposa perfecta: Su suegra la va adorar por ser tan buena esposa.
La esposa imperfecta: Cuando su suegra se tome el tiempo de conocerla, como mujer y no como la esposa de su hijo, también la va a adorar.

5. La esposa perfecta: Se comporta bien en público y siempre tiene el comentario acertado. Es diplomática y atenta. Sonríe aunque por dentro se esté muriendo de rabia.
La esposa imperfecta: Es un poco indiscreta y auténtica. Dice lo que piensa y es honesta. Cuando su marido necesita consuelo o un consejo, siempre tiene el comentario acertado.

6. La esposa perfecta: Siempre recibe correctamente a los invitados del marido y los atiende a la perfección.
La esposa imperfecta: Es feliz de irse a un bar con los amigos de su marido, tomar cerveza y comer hamburguesas

7. La esposa perfecta: Es la mejor esposa.
La esposa imperfecta: Es la mejor amiga.

8. La esposa perfecta: Tiene la ropa del marido lavada, planchada, doblada y almidonada.
La esposa imperfecta: Tiene la ropa del marido en el suelo y a él en la cama.

9. La esposa perfecta: Es disciplinada, responsable y ordenada en cuestiones del hogar.
La esposa imperfecta: Es libre, juguetona y relajada en cuestiones del hogar.

10. La esposa perfecta: Le gusta ver telenovelas vacías y programas de cocina.
La esposa imperfecta: Le gusta leer.

11. La esposa perfecta: Los amigos de su marido dirán que es la esposa perfecta.
La esposa imperfecta: Los amigos de su marido querrán una esposa como ella.

12. La esposa perfecta: Pasa mucho tiempo limpiando la casa.
La esposa imperfecta: Pasa muchos buenos ratos con su marido.

13. La esposa perfecta: Su tiempo es de su marido. Siempre está a su disposición.

La esposa imperfecta: Tiene su propia vida y otras cosas importantes que hacer con su tiempo además de atender al marido.

14. La esposa perfecta: Siempre está preocupada porque no le haga falta nada a su marido.
La esposa imperfecta: Siempre está preocupada porque no le haga falta nada a ella. Sabe que para poder dar, primero hay que estar bien con uno mismo.

15. La esposa perfecta: Es perfecta.
La esposa imperfecta: Sabe que exigir perfección es demostrar ignorancia.

¿Tú cómo quieres ser?

julio 13, 2012. Etiquetas: , , . Esposa imperfecta. 2 comentarios.

Cómo ser esposa y no morir en el intento

  Carnaval de blogs: Como ser esposa y no morir en el intento

Para poderles contar mi historia como esposa primero tengo que hablar un poco de mí. Sólo así podrán entender la situación tan bizarra en la que me encuentro. Yo no soy y nunca he sido la chica común que desde pequeña soñaba con el gran día. Ni siquiera jugaba con muñecas o me ponía vestidos. En mis fantasías nunca estaba conocer a un príncipe azul, ser su novia durante cinco años, recibir un anillo de compromiso, casarme con un vestido blanco, tener muchos hijitos y, por supuesto, ser feliz para siempre. Yo soñaba con viajar por tierras desconocidas con una mochila en la espalda y ponerme a mí misma en situaciones de riesgo para tener muchas aventuras que contar. No quería tener un príncipe, sino varios guerreros y viajeros hermosos que me enseñaran nuevas cosas y compartieran secretos conmigo solamente por un rato. Desde siempre me gustó la adrenalina, lo inusual, lo poco convencional y lo travieso. Mi abuela lo llamaba rebeldía, pero para mí era la única forma de vida.
Básicamente así lo hice. Crecí haciendo lo que yo quería sin preocuparme de la moral o la tradición. No les voy a mentir, no fue fácil. Ir en contra de lo que todos esperan de ti es complicado. Se requiere valentía y convicción. Yo la tuve y no me arrepiento de nada. Mi vida salvaje es el tesoro más preciado que tengo. Siempre me consideré demasiado alocada para casarme. Ese tipo de cosas eran demasiado convencionales para mí. Yo creía más en la libertad y el movimiento. Cualquier tipo de institución era la menos indicada para validar cuestiones sentimentales. Sin embargo, no contaba con que me iba a enamorar hasta perder la cordura. En unos ojos azules encontré lo que siempre había buscado. Me miré en ellos una noche, me metí a nadar, me morí ahogada, resucité en otro ser, aprendí a respirar bajo el agua y ahora ya no puedo sobrevivir en otro lugar que no sea él.
No me di cuenta cómo pasó, pero de repente me encontré en un jardín con un vestido blanco divino, un ramo entre mis manos, un juez, mi familia, mis amigos y los ojos de aquel hombre bien clavados en los míos mientras pronunciábamos un sí. La siguiente imagen que viene a mi mente es la primera canción que bailamos como marido y mujer en la pista. Yo giraba y giraba entre sus brazos con una sonrisa en la boca y flotando en el color del amor. Después dejé mi trabajo, mi casa y a mi gente para seguirlo en la culminación de un proyecto en el extranjero. Me instalé en una casa pequeña en un suburbio de un país desconocido donde ni siquiera hablaba el idioma. No tenía trabajo ni conocidos y me tenía que encargar de las labores de la casa yo sola. Además tenía un nuevo marido con el cual compartir mi existencia y un compromiso más grande que el sol.
¿Fácil? Por supuesto que no. De hecho, a veces todavía creo que me estoy volviendo loca. Al principio me sentía en una especie de prisión voluntaria. Me di cuenta con temor que hay mil cosas del hombre que amo que no conocía e incluso algunas me resultaban molestas. No sabía cocinar. No me gustaba limpiar la casa. Arruiné varias prendas de ropa en la lavadora. Me sentía sola y aislada. Por las mañanas, me aburría infinitamente. Extrañaba mi antigua vida de soltera ocupada, codiciada, activa e independiente. Si mi esposo estaba de malas yo me estresaba. Había cosas de la convivencia que no sabía manejar. Total, la situación estaba fatal. Yo me sentía frustrada, segura de que casarme había sido un error y mi humor se empezó a tornar más y más negativo cada vez.
Lo peor es que solía compararme todo el tiempo con el ideal que tenía en la cabeza del matrimonio, con mis padres y con mis amigas. De repente me entraron unas ganas incontrolables por ser normal, ser la esposa perfecta y comportarme cómo se supone que las recién casadas deben ser. Estaba trastornada tratando de encajar en un molde que por supuesto no estaba hecho para mí. En vez de ayudarme, esta actitud me hundía más y más en las aguas oscuras de la frustración. Mi marido ya no sabía qué hacer conmigo. Una noche llegó del trabajo y me encontró llorando en el piso de la cocina, con la cena quemada y humo escapando del horno.
Ese día entendí que algo estaba haciendo mal en mi matrimonio. Las cosas tenían que cambiar. Alejada de mi verdadera esencia, me incomodaba el connato de esposa perfecta que estaba tratando de construir. Incluso mi esposo extrañaba a la original. Él se había enamorado de otra persona. Yo estaba demasiado preocupada por cumplir con el papel asignado que por ser yo misma y amar en la más pura expresión de la palabra. Se los cuento rápido, pero fue un proceso lento de entendimiento y reencuentro con mi naturaleza. Me relajé. Empecé a adaptar el matrimonio a mi forma de ser en vez de adaptarme a la idea impuesta del matrimonio. Sólo entonces empecé a disfrutar la etapa tan maravillosa en la que me encontraba. Empecé a ser una esposa feliz.
A pesar de todo, hoy soy la mujer que siempre quise ser. La nueva etapa en la que me encuentro también la estoy viviendo a mi manera. Así, con repentinos ataques de histeria y malestares la mayoría de las veces innecesarios, estoy atravesando el mayor de los retos. Durante todo el proceso procuro reírme con la vida, de la vida, de la situación absurda y de mi misma. Me tomo el asunto del matrimonio con calma, lo disfruto y no dejo de aprender. Día con día me doy cuenta que no hay nada más maravilloso, único y divertido que la propia imperfección. Soy una esposa imperfecta, pero soy una esposa feliz. Diario me regocijo en las delicias de nuestra peculiar autenticidad. Somos diferentes, pero reales y eso me encanta. Simplemente somos.

julio 7, 2012. Etiquetas: , . Esposa imperfecta. Deja un comentario.